jueves, 12 de septiembre de 2013

LA EXPULSIÓN DE LOS MORISCOS, SUS RAZONES JURÍDICAS Y CONSECUENCIAS ECONOMICAS PARA LA REGION VALENCIANA (XX)



Autor: Antonio Magraner Rodrigo
Valencia 1975
ARV. Signatura 1607-2498


Capítulo II. Consecuencias económicas de la expulsión.

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Hemos señalado las principales consecuencias que para la economía nacional, y la valenciana en particular, reportó la expulsión de los moriscos, dificultades que vino a acrecentar la falta de moneda legal, multitud de falsa que, en los mercados, pusieron en circulación los moriscos y no pocos de los cristianos viejos. En efecto, el desbarajuste monetario fue aun más calamitoso porque vino a enredar, con raíces más hondas, anomalías gravísimas en la hacienda pública y en el comercio en general. Los moriscos, desde que tuvieron noticias de que iban de seguro a la expulsión, cambiaron –sin importarles las pérdidas sufridas en los cambios- el oro y la plata para llevárselos en moneda de vellón. Para ello acuñaron clandestinamente grandes cantidades de “menuts” o moneda falsa, cosa que no era demasiado arriesgada y complicada, ya que las cecas de entonces fabricaban la moneda con gran imperfección.

Para cortar de raíz la circulación de la moneda falsa fabricada por los moriscos, el Virrey Marqués de Caracena publicó en 15 de octubre de 1609 una Real Criad prohibiendo la compraventa a cambio de moneda de “contado de qualsevol especie que fos per moneda menuda”.

Por su parte el Consejo de Aragón denunció repetidamente a Felipe III la invasión de moneda falsa en los reinos de Valencia y Aragón.

A este respecto nos refiere Escolano que “muchos cristianos viejos, pensando que al ruido de tanto martillo de moriscos no habían de ser sentido los suyos, dieron en la misma herrería...”, de forma que al recogerse la moneda falsa que circulaba de mano en mano para cambiarla  por cuenta de la ciudad, se llegó a la suma de 600.000 ducados.

Entre esto y  el metal labrado y por labrar que se llevaron los moriscos consigo y que ascendía a un millón de ducados, entre plata y oro, quedaron las arcas de la Hacienda tan vacías como las bolsas de los ciudadanos. Ahora buen: ¿fueron tan graves y decisivos los males económicos de la expulsión como la fantasía de los pseudos-críticos  han encarecido? La prosperidad económica de nuestra patria, durante el siglo XVI, ¿fue consecuencia necesaria del progreso alcanzado por los árabes en la Edad Media? No osaremos nosotros afirmarlo, siguiendo en ello, la opinión de responsables críticos. “Verdad es –afirma Boronat, Los Moriscos, II, pág. 313- que el esplendor de aquella civilización arábiga deslumbra al historiador que se ve precisado a estudiar los sucesos desarrollados durante la lucha secular de la Reconquista; pero des`pues de los estudios relaizados en el siglo XIX por destacados arabictas, no cabe duda que la luz venida de Oriente no fuera tan viva ni tan esplendorosa sin el corcurso de los mozarabes e indígenas españoles”.

No negaremos, repetimos, que la expulsión de los moriscos españoles tuvo consecuencias funestas en el orden económico, y ya lo hemos visto. Pero de ahí a transigir con la vulgar y errónea creencia de que el decreto de Felipe III acabó, para siempre, con el esplendor y la prosperidad económica de España y labró de un solo golpe su inevitable ruina, media un abismo. Esto es lo que sostiene P Janer, quien,  después de ponderar la prosperidad económica de nuestra patria, con anterioridad a la expulsión afirma que “las transcendentales resoluciones llevadas a cabo con la raza morisca, trocaran en cuadro lamentable aquel de tanta prosperidad”. Y al igual que el citado autor, otros “moriscófilos”, tales como el doctor Haëbler, o nuestro Modesto Lafuente y el conde de Campomanes, de quienes se deduce, al través de sus escritos, que los “únicos trabajadores o manos vivas de nuestra patria, en el siglo XVI, eran los moriscos”. Y esto no era cierto. Otras manos se encallecían con el arado y la azada y regaban con su sudor la tierra de sus mayores.

Es verdad que los moriscos, agricultores inteligentes y laboriosos, no hay por qué negarlo, dedicabanse al cultivo de las tierras propias y de sus señores,  traficaban por toda la península, abastecían en parte, a no pocas ciudades y villas de los cristianos viejos y fomentaban la industria sedera, azucarera, etc.

Y ello, ¿por qué? Preguntamos. ¿Es que los cristianos viejos no hubieran sido capaces de lo mismo?. El verdadero motivo de dicho acaparamiento, digámoslo así, fue el gran vacío que en la población dejaban  los millares de éstos que durante los reinados de Carlos I y de Felipe II pelearon en lejanas tierras –Italia, Flandes, América y Oceanía- por honor de la patria. A ellos había que añadir los numerosísimos aventureros que, de Castilla en particular,  emigraban en busca de El Dorado a nuestros extensos e incorporados territorios americanos. En la patria de don Quijote, de la que partían la mayoría de estos buscadores de filones, de conquistadores y navegantes intrépidos, y donde había pocos agricultores, pudieran ser imprescindibles los brazos moriscos,  pero no así en las feraces huertas murcianas o en las espléndidas vegas granadinas y ni que decir tiene en el ubérrimos Reino de Valencia, donde, además, la población cristiana superaba, en el siglo XVI, a la morisca.

“En aquella hermosa región, tan fértil, tan cruzada de acequias, nadie creerá que no bastaban en el ingenio ni la fatigosa y ruda labor de los moriscos a proveer del trigo necesario para el consumo. Baste leer los acuerdos concejiles de la capital, durante el siglo XVI y comienzos del XVII, para persuadirse de que sin el trigo de Sicilia y de otras partes meridionales de Italia, los valencianos hubieran escaseado, no solo de “forment”, sino de “hordi” y “dacsa”. El cultivo de las viñas era escaso, la uva de planta servía para la fabricación de la pasa y esta industria no era exclusiva de los moriscos; el trigo venía de Castilla cuando no de Italia, donde tenían los Jurados de Valencia varios agentes encargados para la adquisición del mismo, y, por cierto, con fecha 18 de julio de 1556, vióse obligado el Rey a expedir una provisión”contra los monopolistas de Requena que compraban el trigo de la Mancha para revenderlo después en Valencia, haciendo, con este monopolio, que subiese mucho el precio del pan.

 “Tal vez se extrañe el lector de estas afirmaciones y se pregunte admirado ¿De qué proveían, pues, los moriscos valencianos a la capital del Reino?. Si el abastecimiento de aquella ciudad dependiese de los progresos agrícolas de los moriscos, desde ahora diríamos que la permanencia de aquella raza fue nociva, pues en los Manuals de Consells de Valencia correspondientes a 1609 y 1610, apenas hallamos rastro alguno de abastecimiento que no sea de carbón. Pudieron influir los moriscos en la industria y el comercio, pudieron beneficiar la agricultura y abastecer otras ciudades y villas de cristianos viejos, y, ciertamente, aquella influencia es innegable, pero, ¿en qué proporción?. He aquí la dificultad”.

“En los silos de Burjasot, depósito del grano que se consumía en la ciudad de Valencia y del que servía para la sementera en las huertas de dicha población y lugares comarcanos, existía trigo en abundancia que convenía custodiar de la rapacidad de los expulsos y de los ladrones, quienes trataron de aprovecharse del decreto de 22 de septiembre y por eso proveyeron los Jurados del oportuno remedio. También proveyeron acopiando grandes cantidades de trigo y teniendo prevenida abundancia de harina, con objeto de que no se  tocasen los efectos de la escasez o del hambre”.

“Aquellos “grandes agricultores” abastecían los pueblos de moriscos y contribuían en cierto modo, a cooperar al abastecimiento de hortalizas y aceites en pueblos de cristianos viejos, pero ingenuamente confesamos –concluye Boronat- haber resultados nulas nuestras pesquisas en hallar pruebas fehacientes de la necesidad de las industrias moriscas en lo que se refiere a la agricultura”.

En otro orden de cosas, nadie negará, asimismo, que el comercio colonial que desde Sevilla dictaba sus leyes, que la riqueza pecuaria, que las contrataciones en las ferias de Medina del Campo y en las del Hábeas de Valencia no se hallaban tampoco, a merced de los moriscos, sino de los cristianos viejos

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